martes, 2 de diciembre de 2014

Autocrítica social (más o menos)

"Los políticos son unos chorizos, no hacen otra cosa que robarnos", "votar no sirve de nada, son todos iguales"... estas dos frases, que resumen el pensamiento de otras cientos, miles de afirmaciones, representan el discurso más reiterado por la sociedad española. La sociedad española está desencantada con la política, es más, la sociedad española no cree en la política; muchos españoles incluso se autodefinen como "apolíticos" (como si esto fuera posible...). 


Sin embargo, tras todas estas críticas, tras este desencanto para con la política y los políticos, tras ser decepcionada la ciudadanía una y otra vez, en el único procedimiento, dado que el sistema de democracia representativa español así lo dictamina, donde los ciudadanos tienen un componente de decisión, que en la política es lo mismo que un componente de actuación y de acción, que son las elecciones, los resultados vuelven a ser los mismos. Hay un dicho popular que afirma que el hombre es el único ser que tropieza dos veces con la misma piedra; bien, pues en España no sólo tropezamos con la misma piedra, sino que la elegimos, la legitimamos, nos damos un buen golpe con el tropiezo, nos quejamos, nos levantamos (normalmente muy maltrechos), la volvemos a elegir y vuelve a iniciarse el proceso una y otra vez. Cuando un gobierno, sea del carácter que sea (aunque en la historia de la democracia española el carácter de los dos gobiernos suele tener un componente de igualdad bastante notable) está en el foco de las críticas sociales, levanta incluso el odio de una gran parte de la ciudadanía, es sometido a fuerte presiones sociales, en su último momento tira del último recurso, de su última gran arma, de su salvación, del argumento definitivo, que no es otro que el "estamos legitimados"; y lo peor de todo esto es que tienen razón.



No creo que la democracia sea votar cada 4 años, al igual que no creo que vivir es  que te lata el corazón, por ello no creo que, en determinadas circunstancias, que suelen ser justo las que se dan en  nuestro país, como que un gobierno incumpla su programa electoral o aplique medidas tan impopulares que provoquen movimientos sociales en masa y total descrédito, sirva el argumento de la legitimación; sin embargo, hay que reconocer que este argumento no es un argumento vacío. Las encuestas, años tras años, muestran la impopularidad, no sólo de los gobiernos, sino de la oposición y de los representantes de la política en general, una impopularidad que en ocasiones roza los límites del odio. Pero, y aquí comienza mi autocrítica como sociedad, estos partidos vuelven a ser votados, vuelven a gobernar y vuelven a estar legitimados cuando la situación de relación con los ciudadanos es insostenible. Hay quien también utiliza el argumento del "voto del pueblo es sagrado", argumento que es totalmente válido, casi perfecto, pero este argumento no es el objeto de mi crítica, mi crítica es más simple, casi como un proceso: votamos, nos quejamos, votamos, nos quejamos... y así pasamos la vida, dejando que nos lata el corazón, porque mientras lata el corazón significará que seguimos vivos. 



¿Por qué no probamos a votar de verdad, a quejarnos con absoluto derecho, a no caer en contradicciones, a romper las falsas legitimaciones? Hay quienes se amparan en la deshumanización de la política, que tratan de de separarla del hombre, pero eso es algo imposible, la política sin el hombre no es política, no es nada, no existiría. También están los que tratan de separar a los políticos de la ciudadanía, de deshumanizarlos, al igual que intentan hacer con la política, pero qué son los políticos, señores y señoras, sino el reflejo de la sociedad. ¿Deberíamos seguir echando balones fuera, deshaciéndonos de culpa, haciéndolo más "fácil" o deberíamos empezar a plantearnos que el problema es social, ciudadano, que está en esencia, en las bases y no en la cúpula? También sería conveniente plantearse si queremos seguir viviendo de latidos, o nos vamos a atrever a VIVIR de verdad.


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