lunes, 18 de enero de 2016

Los hermanos Karamázov: teatro reencontrado

La espectacularización se ha apoderado de todo. En los géneros informativos, en el periodismo, el infoentretenimiento se ha erigido como el formato que más periódicos vende y que más audicencias da. Las tertulias políticas generan la misma expectación que un combate de boxeo, donde los periodistas y políticos, reducidos a la figura del tertuliano, una suerte de personaje-tipo, se pelean descarnadamente en un combate dialéctico mientras miles de personas deciden quien es el ganadr (¡Viva la democracia!) a través de sus comentarios en Twitter y otras redes sociales. Y cuando el espectáculo, el circo, el puro teatro gobierna casi todos los ámbitos, va el propio teatro y se escapa de la enorme ola engullidora. Los hermanos Karamázov ha sido llevada al teatro; Dostoievsky ha sido llevado al teatro. Casi mil páginas de una de las novelas insignia del realismo ruso se han materializado en casi tres horas de representación, de fantástica interpretación. Cuesta reflexionar sobre las pasiones humanas en un mundo dominado por el espectáculo, por la superficialidad. Pero la vida está llena de paradojas y resulta que el teatro, el lugar pensado para la superficialidad, para la representación de un personaje, real o no, pero ficticio en el más puro sentido de la palabra, nos vuelve a hacer reflexionar sobre el dolor, la filosofía, la historia, la mentira, la verdad, el dinero, el poder y la vida.

No los hay más desdichados que los personajes de Los hermanos Karamázov. Si alguien quiere ver al Homo homini lupus que acaba inspirando lástima sólo tiene que coger un libro de Dostoievsky o de Tólstoi, tener paciencia y ganas de leer. Y si no, vayan al teatro. La familia Karamázov tiene eso que su creador llamaba "la sangre maldita", los genes malditos de una familia, que no es otra cosa que una alegoría de lo que significa a nivel moral y ético el impacto del comportamiento de un padre borracho, maltratador, machista y con poco respeto por cualquier cosa, en sus hijos. Como en toda buena novela, y también en una buena representación, los hay buenos y malos, más malos que buenos, pero todos son desdichados, y al final no se sabe donde está la bondad y donde la maldad. El secreto de los rusos es encontrar el lado bueno del ser humano en el agujero más profundo, cuando la familia se traiciona entre sí y parece no quedar nada de bondad, amor y otros sentimientos positivos. Dostoievsky no era tan positivo, pero Gerardo Vera, director de la obra, sí. El mérito no reside sólo en llevar mil páginas al teatro, sino en dar una auténtica lección de esperanza en la humanidad en la familia más desesperanzadora de la historia de la literatura. Un final emocionante sin necesidad de infoentretenimiento ni videos de gatitos congelados que acaban calentándose al lado de una chimenea americana. Asesinatos, traición, crimen, parricidios y mucho odio para sacar el lado tierno de los malos, que no es más que el lado tierno de la humanidad.

En mi imaginario particular, desde ahora Fiodor Karamázov tendrá la cara de Juan Echanove, al que siempre recordaré como un viejo borracho, un bufón, un maltratador sin escrúpulos, un enérgico maleante (Karamázov tendrá que compartir rostro con Miguel el de Cuéntame, pero es lo que tiene ser un buen actor).


No hay nada absolutamente que objetar a los musicales con grandes presupuestos y puestas en escena, con músicas en Digital Dolby Sourround y escenas en HD, tampoco a las noticias de gatitos congelados ni a los presentadores protagonistas, ni a los políticos boxeadores y tertulianos; pero tampoco viene mal, de vez en cuando, una reflexión, sosegada o pasional, una desconexión con la ficción para conectar con lo real, un pensamiento con esfuerzo, bajar a los infiernos para buscar algo de luz. Un enorme placer reencontrarme con la reflexión en un teatro cuando el teatro está en la calle.
   

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