La espectacularización se
ha apoderado de todo. En los géneros informativos, en el periodismo,
el infoentretenimiento se ha erigido como el formato que más
periódicos vende y que más audicencias da. Las tertulias políticas
generan la misma expectación que un combate de boxeo, donde los
periodistas y políticos, reducidos a la figura del tertuliano, una
suerte de personaje-tipo, se pelean descarnadamente en un combate
dialéctico mientras miles de personas deciden quien es el ganadr
(¡Viva la democracia!) a través de sus comentarios en Twitter y
otras redes sociales. Y cuando el espectáculo, el circo, el puro
teatro gobierna casi todos los ámbitos, va el propio teatro y se
escapa de la enorme ola engullidora. Los hermanos Karamázov ha
sido llevada al teatro; Dostoievsky ha sido llevado al teatro. Casi
mil páginas de una de las novelas insignia del realismo ruso se han
materializado en casi tres horas de representación, de fantástica
interpretación. Cuesta reflexionar sobre las pasiones humanas en un
mundo dominado por el espectáculo, por la superficialidad. Pero la
vida está llena de paradojas y resulta que el teatro, el lugar
pensado para la superficialidad, para la representación de un
personaje, real o no, pero ficticio en el más puro sentido de la
palabra, nos vuelve a hacer reflexionar sobre el dolor, la filosofía,
la historia, la mentira, la verdad, el dinero, el poder y la vida.
No
los hay más desdichados que los personajes de Los hermanos
Karamázov. Si alguien quiere
ver al Homo homini lupus que
acaba inspirando lástima sólo tiene que coger un libro de
Dostoievsky o de Tólstoi, tener paciencia y ganas de leer. Y si no,
vayan al teatro. La familia Karamázov tiene eso que su creador
llamaba "la sangre maldita", los genes malditos de una
familia, que no es otra cosa que una alegoría de lo que significa a
nivel moral y ético el impacto del comportamiento de un padre
borracho, maltratador, machista y con poco respeto por cualquier
cosa, en sus hijos. Como en toda buena novela, y también en una
buena representación, los hay buenos y malos, más malos que buenos,
pero todos son desdichados, y al final no se sabe donde está la
bondad y donde la maldad. El secreto de los rusos es encontrar el
lado bueno del ser humano en el agujero más profundo, cuando la
familia se traiciona entre sí y parece no quedar nada de bondad,
amor y otros sentimientos positivos. Dostoievsky no era tan positivo,
pero Gerardo Vera, director de la obra, sí. El mérito no reside
sólo en llevar mil páginas al teatro, sino en dar una auténtica
lección de esperanza en la humanidad en la familia más
desesperanzadora de la historia de la literatura. Un final
emocionante sin necesidad de infoentretenimiento ni videos de gatitos
congelados que acaban calentándose al lado de una chimenea
americana. Asesinatos, traición, crimen, parricidios y mucho odio
para sacar el lado tierno de los malos, que no es más que el lado
tierno de la humanidad.
En
mi imaginario particular, desde ahora Fiodor Karamázov tendrá la
cara de Juan Echanove, al que siempre recordaré como un viejo
borracho, un bufón, un maltratador sin escrúpulos, un enérgico
maleante (Karamázov tendrá que compartir rostro con Miguel el de
Cuéntame, pero es lo
que tiene ser un buen actor).
No
hay nada absolutamente que objetar a los musicales con grandes
presupuestos y puestas en escena, con músicas en Digital Dolby
Sourround y escenas en HD, tampoco a las noticias de gatitos
congelados ni a los presentadores protagonistas, ni a los políticos
boxeadores y tertulianos; pero tampoco viene mal, de vez en cuando,
una reflexión, sosegada o pasional, una desconexión con la ficción
para conectar con lo real, un pensamiento con esfuerzo, bajar a los
infiernos para buscar algo de luz. Un enorme placer reencontrarme con
la reflexión en un teatro cuando el teatro está en la calle.
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