Trabajo
correspondiente a la presentación del libro La Sombra Blanca de
Carlos Fidalgo el día 12 de noviembre.
La sombra blanca, así
se llama la segunda novela del escritor y periodista leonés Carlos
Fidalgo. Siempre resulta algo extraño, al menos para mí, catalogar
a una persona que además de trabajar en un medio de comunicación,
de informar, escribe libros, como "escritor y periodista".
Recientemente tenemos el ejemplo de una periodistas a la que se le ha
dado el Premio Nobel de Literatura, el máximo galardón de los
escritores (de libros, de literatura). Hace algunos años, un
profesor de literatura de la Facultad de Ciencias de la Información
(vaya, de nuevo litratura y periodismo juntos, esta vez en un
edificio), explicó que la diferencia entre lo que era literario y lo
que no lo era reside en que lo primero siempre es ficticio, es decir,
que una obra es literaria cuando su contenido es ficcionado. Sin
embargo, he de decir, y de hecho dije, que no me gustaba la idea,
intrínseca en el argumento del profesor, de dejar fuera de la
literatura obras como las de Truman Capote o algunas de Gabriel
García Márquez; su respuesta fue tajante: "los periodistas son
escritores frustrados".
Carlos
Fidalgo, veterano periodista del Diario de León, acostumbrado a
trabajar con la realidad más pura que supone el material informativo
de un periódico de provincias (en este caso de comarca, porque
escribe información sobre el Bierzo), presentó el día 12 de
noviembre su segunda novela, La Sombra Blanca.
Fidalgo ya había ganado el premio Tristana de novela fantástica con
su primera obra, El agujero de Helmand. Aquí
se puede encontrar el primer choque entre la teoría y la práctica,
que suele ser lo mismo que la diferencia entre lo que dice un
profesor y lo que te encuentras en la vida real; un redactor de un
periódico de provincia escribe dos novelas de fantasía y están
bien escritas (recordemos que ganó el premio a la mejor novela
fantástica). ¿Contradicción?, no lo creo. Se de buena tinta que es
un magnífico periodista, un profesional de la información capaz de
utilizar la fórmula de la pirámide invertida como lo haría el
propio Martínez Albertos, a la vez que se, por sus novelas, que es
capaz de inventarse historias de fantasmas, con tonos románticos,
repletas de soldados muertos en la Guerra de Vietnam o la Segunda
Guerra Mundial que vuelven como espíritus y haciendo unas
descripciones y empleando un estilo propio del momento, un tono
literario. En la presentación del libro le hicieron dos preguntas
que, en mi opinión, fueron claves para entender por qué mi profesor
de literatura, en la facultad de periodismo, se equivocaba. En la
primera le preguntaron si se había servido de su experiencia
periodística para recopila información o estructurar la novela; su
respuesta fue clara, "es una novela fantástica, inventada, no
tiene nada que ver con un trabajo periodístico". En la segunda
intentaron que mezcalara sus dos posiciones, preguntándole cuánto
había de periodístico en su novela, ante lo que Fidalgo fue
tajante: "Si tratara de ser escritor escribiendo información,
el periodismo sólo me calmaría las cosquillas, no podría dedicarme
a ello".
Sin
duda, el periodismo y la literatura son dos oficios difrentes, en
existencia y en esencia, que sólo comparten la mecánica, la
herramienta, la escritura, y que aún así es una herramienta muy
diferente. Pero que un periodista como Fidalgo gane un premio de
novela fantástica, en un país dominado por la literatura realista,
donde las historias románticas de fantasmas de Zorrilla y Tirso son
famosas, pero marginales respecto al vanagloriado Galdós y su
realismo, tiene mérito. No creo que los periodistas sean escritores
frustrados, es más, creo en la fusión de géneros y sobre todo en
la sinergia de los mismos, porque ¿qué fue A sangre fría,
la Non-fiction novel de Capote,
sino un intento (muy exitoso) de tratar de rescatar al periodismo de
sus fórmulas repetitivas? Ojalá más "escritores frustrados"
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