Operación Madeja, operación pokémon , caso Gürtel... todos los días nos levantamos con la actualidad de estos casos con nombres extraordinarios y ridículos; nombres que no son otra cosa que las distintas partes de un entramado de corrupción, de una clase política que ha transformado España en un país corrupto.
Esta transformación ha dado lugar a un imaginario colectivo, el español, que, de alguna manera, ha empezado a "aceptar" este sistema corrupto y esta suerte de robo, prevaricación y corrupción. La clase política, al menos la que comete estos delitos, se siente empoderada, endiosada, impune, ante esta situación, pues no ha habido castigos ejemplares ni medidas notorias que paralicen esta situación. El imperdonable delito de pervertir lo público, de utilizarlo para fines personales, los cuales directa o indirectamente lleva a fines económicos, ha empezado a hastiar a una población humillada y traicionada por su clase política; el surgimiento de "clase política" diferenciada de los ciudadanos ya está más que consolidado, el hecho de no considerar a los políticos como ciudadanos, o al menos como aquella gente que sirve a lo público (que es la definición fáctica de político) es una realidad palpable, tan palpable como el cansancio y el sentimiento de traición de una población que ha perdido su confianza en esa clase política.
No sabemos si la "nueva ruptura democrática" que proponen las nuevas fuerzas acabará pervirtiéndose y convirtiéndose en clase política, lo que si sabemos es que estas nuevas fuerzas tienen las manos limpias, luego son más políticos que todos aquellos que llevan años gestionando lo público, lo nuestro, lo de todos.
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