martes, 18 de noviembre de 2014

CUANDO LA MEMORIA ES UN DELITO

En el año 1977, en el momento más reformista de la santa Transición española, se promulgó otra de esas leyes que a día de hoy siguen formando parte de las tablas de la ley divina, la Ley de amnistía; el motivo de esta ley, afirmaron y afirman muchos, fue el de la conciliación del pueblo español y el de la superación del odio que había generado la dictadura, larga dictadura, de Francisco Franco. Dicha ley posibilitaba, entre otras cosas, la salida de la mayoría de los presos políticos de las cárceles, presos que habían perdido su libertad por luchar, o simplemente discrepar con el régimen franquista. Al menos esto es lo que se dice...






Lo que no se dice es que en aquel momento en España la mayoría de amnistiados por la santa ley no iban a ser presos políticos; lo que no se dice, es que esta ley no era una ley de amnistía para los presos políticos, una ley del perdón y la conciliación con la izquierda, sino que esta ley iba a ser una ley de amnistía general, donde los más favorecidos iban a ser aquellos que más y peores delitos habían cometido, aquellos que usaron hasta la saciedad la tortura, que fusilaron (firmar un fusilamiento solo se diferencia de apretar el gatillo en que es más burocrático), que metieron en las cárceles a aquellos que pensaban en libertad. La ley de amnistía es el perdón forzado de los franquistas, es la reinserción de los mismos, pero sin cumplir condena, sin estar reinsertados. Lo curioso de esta Ley es que aunque se hable de ella en pasado, más que nada porque pertenece al pasado, no podemos permitirnos el lujo de olvidarla, dado que sus consecuencias políticas y su vigencia perdura hasta el día de hoy, como la losa más pesada.



Con esta Ley como arma, el Gobierno español le ha denegado a la justicia argentina la extradición y el juicio de 20 cargos franquistas, entre los que se hayan políticos del régimen que firmaron penas de muerte, así como ejecutores y torturadores del mismo. El motivo, la Ley misma, la cual otorga una amnistía a estos 20 cargos, haciendo que sus delitos (delitos demostrados y comprobados) prescriban. Hoy no hablaremos del por qué debe ser la justicia de otro país, de otro continente, la que intente perseguir delitos contra la humanidad o de por qué en España se proteja y ampare a las personas que cometieron dichos delitos; ni tampoco de los cadáveres de republicanos y opositores al régimen franquista que siguen en las cunetas de nuestras carreteras, ni de las pagas de Suárez, ni de Fraga, ni de Cebrián... estamos hablando de algo más simple, pero que dentro de su simpleza, explica el resto de cosas.



Aquellos santos políticos de nuestra divina Transición impusieron un perdón obligado, concedieron una amnistía imposible (no puede existir ningún tipo de amnistía en delitos de lesa humanidad, por lógica jurídica, por coherencia) que pesa en la historia española a día de hoy. Muchos son los que hablan de que la divina Ley sirvió para cerrar viejas heridas, para reconciliar a un pueblo; lo que quizá no sepan, o no digan, es que no había que reconciliar a ningún pueblo, no había un enfrentamiento entre un pueblo, las "dos españas" murieron con la muerte, el asesinato, de la República; el pueblo pasó a ser uno, un pueblo maltratado, asesinado, torturado por una clase de opresores, los cuales fueron amnistiados (por ellos mismos). La salida negociada del franquismo, también llamada Transición, tuvo como primera consecuencia el abrir una herida histórica más profunda que nunca, más que cualquier otra; la del perdón forzado, la de poner una losa sobre aquellos que ya no podían moverse y que yacen en cunetas, la de no dejar actuar a la justicia, porque eso es indiscutible, siempre hemos sido un país de injustos.








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