El grito de
Munch: una de las pinturas más reconocidas de la historia del arte
contemporáneo, una de las obras cumbres que marcó el camino de la
vanguardia y también una de las grandes precursoras de lo que
algunos años después se conocería como expresionismo. Pubertad:
otra de las obras de Munch que
contiene exactamente las mismas características que El
grito, Madonna, o Vampiro.
Lo único que diferencia estas últimas pinturas de la cara
desfigurada del hombre que grita de angustia en un puente es que
cuando oímos su nombre, se forma en nuestra mente exactamente la
forma de un hombre que grita de angustia en un puente. Seguramente
con Madonna no se nos
venga a la cabeza con tanta facilidad la figura de una mujer
cadavérica rodeada por espermatozoides asesinos (quizá no se nos
venga nada a la cabeza); o con Pubertad, la
imagen de una niña sentada sobre una cama con sus brazos,
kilómetricos y desproporcionados, tapando su sexo, y cuya propia
sombra la acecha mostrando su propio lado oscuro. Esto no se debe a
ninguna enfermedad, ni siquiera a la ignorancia, sino que se debe a
otro mal: el imaginario colectivo. Cuán selectivo es este imaginario
y cuántas grandes obras deja a las puertas de la gloria que otorga
su recuerdo para la posteridad.
Munch
pertenece al no tan selecto club de los autores conocidos por una
sola obra. Es cierto que en el caso del pintor noruego esto se cumple
con precisión, es decir, de Munch normalmente sólo se conoce El
grito, pero el imaginario
colectivo también hace mella en otros grandes artistas. El David
de Miguel Ángel (considerado
por muchos el mejor artista de todos los tiempos) no tiene la misma
repercusión que La creación de Adán u
otros frescos que el artista pintó en la Capilla sixtina; sin duda
esta obra es mucho más reconocible que las "secundarias"
de Munch, pero no son tan populares como David. Tampoco conocemos a
Da Vinci por los paisajes que pintó del Valle del Arno, sino que su
figura se asocia a la de la Gioconda o
a La última cena. Sin
embargo, aunque el imaginario colectivo haya alcanzado a Munch y, en
cierta medida, a otras obras de grandes pintores y artistas, existen
categorías inferiores dentro de la pirámide de la popularidad a la
que el imaginario colectivo ha relegado a otros artistas, con los que
sí se ha cebado. Ensor es el compañero de viaje de Munch, el otro
gran precursor del impresionismo, el artista que pintaba esqueletos y
cuya misoginia era casi tan patente como la oscuridad de sus temas. Y
qué decir de Egon Schiele, el otro gran pintor, junto a Munch, cuyos
problemas psicológios (especialmente su visión del sexo y la
sexualidad) dieron grandes obras del expresionismo. Ninguno de estos
dos artistas tienen una obra popular, reconocible, a través de la
que se los pueda identificar; sobra, por supuesto, su comparación,
en términos de identificación, con Miguel Ángel o Da Vinci. Así
es el imaginario colectivo y su justicia, no podía ser que todos
destacaran, sino todas las exposiciones tendrían el mismo precio y
sería muy difícil distinguir las buenas obras de las malas (la
crítica artística tiene muchos tics del imaginario colectivo).
Los
arquetipos de Munch, expuestos en el Museo Thyssen de Madrid, recogen
la vida del artista; no digo su obra, dado que, en el caso de Munch,
vida y obra van de la mano. Es un precursor del expresionismo porque
supo exteriorizar, materializar y convertir en pintura su pulsión
interior, sus percepciones de la vida. Por eso es tan bueno (por eso
y porque era negativo y depresivo, y todos sabemos que las malas
noticias se leen más que las buenas). Ir a ver una exposición de
Munch no sólo sirve para conocer lo que hay más allá de su Grito,
sino también para comprender a
un artista que no podía expresar su angustia interior y su visión
negativa de la vida a través de medios convencionales como la
palabra o el llanto, pero que lo hizo a través de la pintura,
regalándonos grandes obras y también sobreviviendo, como buenamente
puede, a la cruel selección del imaginario colectivo. Gran artista.
No hay comentarios:
Publicar un comentario