martes, 8 de diciembre de 2015

El arte, una herramienta del poder

Se ha dicho en muchas ocasiones que la cultura, donde evidentemente incluimos el arte, representa los valores, sentimientos y la esencia de un pueblo; eso aplicado a las relaciones de poder daría como resultado que la cultura es una forma de manifestación de poder; esto queda comprobado cuando observamos los orígenes más primitivos de la desigualdad (ir a un museo no sólo sirve para ver cuándo el hierro desplazó al bronce como material de construcción, sino también para ver los primeros órdenes jerárquicos y el nacimiento de las primeras élites, precedentes muy primitivos de las clases sociales actuales). En iberia, territorios que hoy en día llamamos España y Portugal, allá por el año 1.000 a.c, las neonatas élites militares de los diferentes pueblos materializaban sus diferencias sociales a través del arte que se utilizaba en los ritos funerarios. Los poderosos se eterraban en cámaras, en recipientes mortuorios decorados con símbolos, pinturas, esculturas, y grafías que los identificaban socialmente y, en muchas ocasiones, los relacionaban con divinidades (no hablemos ya de Egipto, donde lo más destacable no es que el faraón fuera considerado un dios, sino más bien los esfuerzos artísticos que se realizaban porque esto quedara bien claro cuando moría). Sin embargo, cuando los romanos, muchos años después, conquistaron a los pueblos íberos (luego hispanos), la cultura del Imperio Romano se extendió por estos territorios y los antiguos ritos funerarios y su arte quedaron marginados hasta su desaparición total. Los romanos nunca impusieron su cultura, es decir, es evidente que la Pax romana y sus leyes no eran del agrado de los pueblos hispanos, esto es, que se impusieron con violencia; sin embargo, esto no ocurrió con la cultura. Las élites hispanas quedaron maravilladas ante la cultura romana y comenzaron a vestirse y a decorar sus casas como las de los Flavios, Augustos y Titos. Más tarde, las clases populares imitaron a las élites (esto sucede porque se identifica arte con poder. En el siglo IV d.c, las élites hispanas y los romanos decoraban sus casas con mosaicos y frisos, y compraban armas con empuñaduras de oro, mientras que el pobre campesino, que podía vender sus lechugas en el mercado, intentaba ahorrar su dinero para encargar su propio friso en su casa de barro y paja, y así sentirse identificado con el poder, sentirse parte de ese poder. Bastante tiempo después, en los siglos XVIII y XIX, los ricos iban a la ópera y hacían comentarios sobre obras científicas y literarias en cafés y tertulias, mientras que el obrero sabía con certeza que haber visto cantar a un tenor significaba ser poderoso, ilustrado, burguesía, élite, o como se quiera designar, según la época y los gustos).


También podemos hablar de la creación y difusión del arte, cuyo copyright era exclusivo de la iglesia en etapas como la Edad Media (período tan largo como oscuro) y el Renacimiento; pero aún cuando la iglesia perdió algunos de estos derechos de creación y difusión de contenidos artísticos, estos no fueron a parar a las clases populares, evidentemente, sino a los monarcas europeos, que llenaron sus salones con cuadros, esculturas y miniaturas, creando, de esta manera, colecciones artísticas que dan para llenar museos de varios pisos de altura. Luego llegó la burguesía, los Medici, contratando a Miguel Ángel y haciendo de Florencia la capital cultural del mundo (antes que la cultural ya era la económica, en términos de potencial, pues estaba llena de la primera burguesía de banqueros que aspiraban a dormir con la guardia papal en la puerta y a ser bautizados como Francisco, Juan Pablo o Pío). El arte, pobrecito mío, ha sido instrumentalizado históricamente como una herramienta de distinción, de poder (militar, social, económico) y como un elemento de desigualdad; y aunque, con el paso del tiempo, se han pretendido corregir algunas "desigualdades artísticas" y dejar de jerarquizar también el arte, a lo máximo a lo que se pudo llegar, hasta hace bien poco, es a crear términos como "arte social" o "arte popular", que aparecen en los libros de historia del arte contemporáneo, en las últimas páginas, en pequeñito. En la actualidad, el arte tiene una imagen más popular y por la tele salen auténticos monumentos audiovisuales del graffiti y del ate urbano, pero los artistas cuyas obras tienen su hueco en los grandes museos tienen padrinos, y no de bautizo, con nombres y apellidos, padrinos poderosos que saben algo de relaciones, de poder y de influencia, pero quizá no tanto de arte; o quizá es lo mismo, quien sabe.


  

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