Se ha dicho en muchas
ocasiones que la cultura, donde evidentemente incluimos el arte,
representa los valores, sentimientos y la esencia de un pueblo; eso
aplicado a las relaciones de poder daría como resultado que la
cultura es una forma de manifestación de poder; esto queda
comprobado cuando observamos los orígenes más primitivos de la
desigualdad (ir a un museo no sólo sirve para ver cuándo el hierro
desplazó al bronce como material de construcción, sino también
para ver los primeros órdenes jerárquicos y el nacimiento de las
primeras élites, precedentes muy primitivos de las clases sociales
actuales). En iberia, territorios que hoy en día llamamos España y
Portugal, allá por el año 1.000 a.c, las neonatas élites militares
de los diferentes pueblos materializaban sus diferencias sociales a
través del arte que se utilizaba en los ritos funerarios. Los
poderosos se eterraban en cámaras, en recipientes mortuorios
decorados con símbolos, pinturas, esculturas, y grafías que los
identificaban socialmente y, en muchas ocasiones, los relacionaban
con divinidades (no hablemos ya de Egipto, donde lo más destacable
no es que el faraón fuera considerado un dios, sino más bien los
esfuerzos artísticos que se realizaban porque esto quedara bien
claro cuando moría). Sin embargo, cuando los romanos, muchos años
después, conquistaron a los pueblos íberos (luego hispanos), la
cultura del Imperio Romano se extendió por estos territorios y los
antiguos ritos funerarios y su arte quedaron marginados hasta su
desaparición total. Los romanos nunca impusieron su cultura, es
decir, es evidente que la Pax romana y sus leyes no eran del agrado
de los pueblos hispanos, esto es, que se impusieron con violencia;
sin embargo, esto no ocurrió con la cultura. Las élites hispanas
quedaron maravilladas ante la cultura romana y comenzaron a vestirse
y a decorar sus casas como las de los Flavios, Augustos y Titos. Más
tarde, las clases populares imitaron a las élites (esto sucede
porque se identifica arte con poder. En el siglo IV d.c, las élites
hispanas y los romanos decoraban sus casas con mosaicos y frisos, y
compraban armas con empuñaduras de oro, mientras que el pobre
campesino, que podía vender sus lechugas en el mercado, intentaba
ahorrar su dinero para encargar su propio friso en su casa de barro y
paja, y así sentirse identificado con el poder, sentirse parte de
ese poder. Bastante tiempo después, en los siglos XVIII y XIX, los
ricos iban a la ópera y hacían comentarios sobre obras científicas
y literarias en cafés y tertulias, mientras que el obrero sabía con
certeza que haber visto cantar a un tenor significaba ser poderoso,
ilustrado, burguesía, élite, o como se quiera designar, según la
época y los gustos).
También podemos hablar
de la creación y difusión del arte, cuyo copyright era exclusivo de
la iglesia en etapas como la Edad Media (período tan largo como
oscuro) y el Renacimiento; pero aún cuando la iglesia perdió
algunos de estos derechos de creación y difusión de contenidos
artísticos, estos no fueron a parar a las clases populares,
evidentemente, sino a los monarcas europeos, que llenaron sus salones
con cuadros, esculturas y miniaturas, creando, de esta manera,
colecciones artísticas que dan para llenar museos de varios pisos de
altura. Luego llegó la burguesía, los Medici, contratando a Miguel
Ángel y haciendo de Florencia la capital cultural del mundo (antes
que la cultural ya era la económica, en términos de potencial, pues
estaba llena de la primera burguesía de banqueros que aspiraban a
dormir con la guardia papal en la puerta y a ser bautizados como
Francisco, Juan Pablo o Pío). El arte, pobrecito mío, ha sido
instrumentalizado históricamente como una herramienta de distinción,
de poder (militar, social, económico) y como un elemento de
desigualdad; y aunque, con el paso del tiempo, se han pretendido
corregir algunas "desigualdades artísticas" y dejar de
jerarquizar también el arte, a lo máximo a lo que se pudo llegar,
hasta hace bien poco, es a crear términos como "arte social"
o "arte popular", que aparecen en los libros de historia
del arte contemporáneo, en las últimas páginas, en pequeñito. En
la actualidad, el arte tiene una imagen más popular y por la tele
salen auténticos monumentos audiovisuales del graffiti y del ate
urbano, pero los artistas cuyas obras tienen su hueco en los grandes
museos tienen padrinos, y no de bautizo, con nombres y apellidos,
padrinos poderosos que saben algo de relaciones, de poder y de
influencia, pero quizá no tanto de arte; o quizá es lo mismo, quien
sabe.

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